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La memoria amorosa del tiempo

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     Como ayes de luz, como arroyos que transportan miles de historia en cada una de sus gotas de agua, como esos anocheceres donde el rostro del amado sólo era presencia en nuestros latidos, brazos y miradas... como esos miradas que cruzan los tiempos, las edades para besarnos y cantarnos melodías medievales, orientales, ufffffffff...   Como esas sonrisas de enamorados se deslíen cada uno de estos acordes, cada una de estas notas llenas de melancolía, llenas de esperanza, llenas de un futuro donde el ser humano, por fin, sólo por fin haya olvidado el yoyoísmo, las urgencias, el materialismo... El sonido de viento de la gaita gaélica nos arrulla algo más allá cuando el nacimiento de los primeros seres humanos danzando, revoloteando, cantando quizás traviesa alrededor de esos minúsculos y hasta ridículos seres cuyos ojos se abrían a esa realidad que les envolvía cuyas manos y labios se cerraban y abrían para amar con ansia para besar con ansia... los ecos, ...

Asomemos a los demás nuestros ojos de niños

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         Los acordes desde el principio nos hablan -contemplad las imágenes del niño que lee- de la capacidad de soñar, de la capacidad de alcanzar los sueños (el amor, la felicidad, convertirse en mayores..), de la capacidad sobre todo de contactar con nuestros niños interiores... La voz de Enya, alma, sueño, puente, nos transporta a nuestra infancia y nos sumerge en nuestra alma adulta que ha olvidado su capacidad de soñar y lo que es más importante, la capacidad de compartir, de convivir, de a pesar de nuestras prisas, miedos, preocupaciones, la capacidad de tender puentes que nos acerquen, que nos almeen, que nos llenen de latidos... Uno, es cierto, últimamente se abaja en la orilla, pero también sabe, gracias a esta composición y a todos los que me acompañáis, que acurrucada, como un niño, el alma continúa soñando, continúa a la espera de que me despierte y continúe dibujando en mi sonrisa y en mi alma los ojos siempre soñadores, abiertos...