El relato de Alma castañuelas…



       Pequeño ratoncillo, ¿quieres que te cuente la historia de Alma? Siempre hay una condición, debes quererla mucho porque te va a necesitar. Alma era una niña pizpireta de trenzas castañas y mirada con salida a un horizonte de macizos que arropaban en más de una ocasión el edredón azul de la noche. Te hubiera gustado; seguro que te hubiera gustado. Sus manos siempre estaban inquietas, nerviosas. Su lugar preferido era la playa; le encantaba pasear por la orilla; le encantaba dejar a sus ojos, ya te lo he dicho, errar por el mar y el cielo, encendiendo la noche con sus sueños locuelos, sisiisi…
       A la edad de siete años nuestra Alma aún no hablaba. Sus padres la habían llevado a los médicos. Éstos no habían encontrado ningún problema que pudiera explicar su falta de lenguaje articulado. Al anochecer, cuando los gritos de papá y mamá hacía tiempo que habían calmado - claro que de estos hechos, corazón, no se informó al centro de salud- sus ojos, luminosos, volaban a la playa; volaban a su cielo… Las manos olvidaban el nerviosismo; olvidaban ese freno a sus emociones. ¿Tienes los ojos abiertos, mariposa de alas de fuego? Asómate a sus pinturas, asómate a la ternura con que un pájaro se asomaba a la ventana de su cuarto; asómate a la brisa que el azul oscuro pintaba en los balandros fondeados en la playa; asómate al latido cálido con que las estrellas hacían asomar lágrimas en sus ojos… ojos dulces, corazón grande.
        Los años pasaron, ave de alas blancas. La palabra, más bien la ausencia de ella, seguía siendo ese dique seco que la frenaba que la impedía, ¿no ves como necesitaba tu cariño? Creció con el cielo en sus ojos pero con lágrimas constantes que una y otra vez emborronaban sus pinturas. Alma no podía comprender, claro que no, la agresividad de sus padres; las constantes críticas a su poquedad verbal… A Alma sólo le quedaba el refugio de sus pinturas cuando la noche llegaba; cuando las voces habían acallado sus propios miedos, sus propios ayes no expresados… La maestra atónita observaba cómo una niña que no presentaba habla alguna no manifestaba ningún problema a la hora de reconocer los conceptos y de expresarlos por escrito…; observaba cómo sus manos, alas azoradas al llegar al colegio, olvidaban su nerviosismo y hambrientas de conocer, de saber, buscaban en los trazos de las palabras escritas las huellas del conocimiento, de la verdad y del aprendizaje… Nuestra Alma solía soñar que las palabras escritas eran estrellas que la guiaban y, claro, princesa de haldas con estrellas, tú sabes que las estrellas no se equivocan nunca, y ella las seguía cada vez más entusiasmada en sus cuadernos, en la pizarra, en las clases de lengua… Su mente, al igual que hacía con la pintura, jugaba con las palabras, pequeñas piedras, que la conducían al bosque de sus sueños… A pesar de su silencio, los demás compañeros la guardaban un gran respeto. Les admiraba su ternura, sus ojos luminosos y abiertos, sus manos atentas y despiertas ante los apuntes, ante cada nueva palabra… Donde los demás niños encontraban aburrimiento, el significado de cada palabra la hacía sorprenderse…
       Las palabras le latían, la conmovían: sonoridad, enamoramiento, complicidad, armonía… Al anochecer, una vez iniciado el ritual de las voces de papá y mamá, sus manos se tornaban rígidas, aleteaban azoradas… Alma entonces perdía el contacto con sus palabras, con sus pinturas, con su pequeña y sensible alma; pero después cuando la noche crepitaba con su silencio las palabras le latían, le encendían los leños apagados por las voces de sus padres y entonces armonía se desleía entre sus pinceles buscando el equilibrio entre océano y cielo; entonces complicidad se mostraba en la sonrisa que sus trenzas castañuelas del cielo volcaba en los pequeños retratos de niños pequeños jugando, compartiendo...; pero, pequeña musa, había una que realmente la tenía hechizada, paz… Por más que buscaba en su alma; por más que buscaba en sus pinceles; por más que buscaba en las palabras que la latían por dentro era una palabra que la hechizaba pero que siempre se le escapaba.
        Una noche, corazón, en su hogar, ayayayay, la violencia verbal dio paso a la violencia física dejándola con heridas y pétalos de amapolas a flor de piel; ni siquiera la llegada del silencio curativo de otras noches consiguió calmar sus manos… No comprendía; no conseguía comprender como la palabra paz se le escapaba siempre cuando quería encontrarla. No podía hallar la razón por la que sus padres la odiaran tanto; se odiaran tanto a sí mismos. Sólo el latido agridulce de otra palabra que la acompañaba sin saberlo desde pequeña era la única compañera esa noche… culpabilidad.
       Los ojos de Alma, a partir de ese momento, se cerraron a sus estrellas; se cerraron a las pinturas que su alma abría; se cerraron a las palabras que la latían y sus notas comenzaron a bajar, claro. Su maestra, entonces, decidió intervenir. Las lágrimas de Alma eran constantes en clase y sus manos se habían negado a escribir ni su pequeña alma a buscar palabras. La maestra se llamaba Paqui y la primera medida que tomó fue ir a hablar con los padres. Me imagino que sabrás la respuesta de los padres: que trabajaban muy duro; que era muy duro criar a una hija muda que no quería cooperar; que ella no era nadie para decirles nada y, por último, que se ocupara de sus problemas, etc., etc. Paqui no sabía de huidas y siendo consciente de la actitud de los padres sólo les pidió un favor: que la dejaran darle a Alma unas clases particulares, gratuitas claro, para mejorar sus notas. ¿Puedes imaginarte qué respondieron los padres, no? Que no tenían dinero, que no esperara nada y que si le pasaba algo a la chica era asunto suyo… Nada de esto asustó a Paqui; les dijo que podían confiar en ella; que si había algún problema, dejaría de dar clases a Alma…
       Tenías que haber visto las semanas siguientes… Los ojos y las manos de Alma… Paqui la llevó a un centro municipal de lectura tanto infantil como juvenil, donde los niños acudían a leer cuentos, donde el monitor les abría como si fuera un telón desplegado de palabras diferentes aventuras diferentes amores diferentes juegos. Te puedes imaginar cómo sus latidos se llenaron de vida; cómo a partir de ese momento sus manos a lo largo de los días sucesivos en que volvió se abrieron a la pintura de nuevo; cómo sus ojos encontraban palabras en los demás niños que le latían: tristeza, desnutrición, desconfianza, agresividad… Cómo sus manos hasta ese momento nerviosas dejaban de pintar para hallar una gracia; para hallar una ternura con que almear a los demás… Alma aprendió cómo ciertas palabras que latían negativamente podían volverse positivas: carne, con su ternura, con su amor, con sus abrazos tiernos a los demás compañeros… Todo esto lo aprendió Alma sin ser consciente de ello. Paqui sonreía porque esa niña que encontró sin sonrisas en sus ojos comenzaba a curar la palabra más dolorosa en ella que Paqui había detectado enseguida ¿sabes cuál es?
         Paqui le tenía guardada a Alma una sorpresa y una tarde la llevó a un zoo, te preguntarás por qué, ¿verdad? Tendrás que esperar un poco; ahora quiero contarte como los ojos, paletas de cielo, de Alma se abrieron a todos y cada uno de los animales; en su vida había descubierto cómo con sus manos era capaz de dibujar su textura, su piel; sentir el latido suave o el latido desafiante casi rugido de algunos otros. Ya sabes su gusto por las palabras, te puedes imaginar, cómo león, puma, hipopótamo, delfín, uy, delfín. Sí que le gustó por su movimiento y por la sonoridad y dulzura de su sonido; su pasmo, en cambio, ante palabras como serpiente, araña… Paqui le cogió de la mano y la llevó a un lugar lleno de rocas, de árboles grandes que tanteaban, ayyyy, el cielo y los ojos de Alma descansaron en una gorila, así le dijo que se llamaba Paqui que estaba amamantando a un bebé te hubiera gustado estar ahí. Seguro que te hubiera gustado.
           Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas ante aquella escena sin saber por qué. Sus labios apenas podían permanecer quietos. Paqui comenzó a explicarle una pequeña historia cuando un murmullo nació inquieto, nervioso en los labios de Alma pero Paqui no lo escuchaba. Le estaba contando la historia de cómo hacía unos días un pequeño bebé gorila había muerto; de cómo una mamá gorila había llorado desconsolada igual que ella, Alma, hacía en las clases sin poder hablar sin poder expresarlo con palabras sólo con sus gruñidos sólo con su soledad. Entonces Paqui cogió en sus brazos a Alma que seguía murmurando con sus labios algo inteligible, mmmmmmm… Paqui le enseñó al bebé gorila y le dijo que una mamá gorila, en otro zoo, había muerto y que habían traído al bebé a este zoo al enterarse de que una mamá gorila se había quedado sin su bebé. Paqui abrazándola le dijo que se podía querer y amar a una persona en este caso a un bebé gorila sin necesidad de ser su madre al igual que ella durante esas semanas había querido y devuelto la confianza a sus compañeros. Los labios de Alma se abrieron de repente y sus ojos luminosos y soñadores pronunciaron una sola palabra: mamá…
          Te podría hablar de la Alma adulta; de cómo a esa palabra siguieron otras; de cómo siguió el camino de la enseñanza; de cómo nunca olvidó el amor de Paqui; pero sobre todo, sobre todo, sabía que esa palabra que se le escapaba paz se le perdía porque sus padres nunca la tuvieron ni para ellos mismos y entonces ella les perdonó porque entendió lo vacío de sus vidas. Alma siguió su camino dándose cuenta de la necesidad de perdonarse sobre todo a sí misma; una parte de su corazón nunca olvidó su dolor, claro, pero otra parte, la hacía ser consciente de todo el amor que necesitaban los demás para crecer para amar para como ella aprendió a cambiar los latidos con amor… Paz era la palabra, claro.

De Pruden Tercero NIeto, junio de 2014

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