El relato de Irene… o de las segundas oportunidades



El invierno había llegado hacía unos pocos días. Los árboles mostraban sus ramas descarnadas sobre las calles del pueblo, ¿el nombre del pueblo?, tú misma, mi elfa doméstica, puedes ponerle el nombre… Sobre las calles del pueblo, los pasos cansinos pero habituales de Claudio antes de llegar a casa: la boina bien ajustada para protegerse del frío con la compra que Irene le había encargado; los ojos casi velados por las cataratas que apenas atinaban en la cancela… y el cariño gris castaño que se encendía en ellos cuando cerrada la puerta, casi sin oírla, presentía la figura encorvada pero dulce de Irene. Te hubiera encantado percibir, mi pequeño cardenalito, cómo sin apenas mirarla los latidos de Irene se llenaban de doble latido; cómo ante la voz de Claudio su artritis cedía un poco en su dolor y sus manos atinaban con los apaños para el próximo guiso. Esos pequeños gestos, imperceptibles para los demás, eran el pequeño milagro que sacaba adelante sus vidas…
Toda historia nace del corazón y nace de la realidad; y la verdad es que esa estrella que había rondado durante tanto tiempo la casa donde vivían Claudio e Irene, a quienes el destino no había bendecido con hijos, iba a cambiar radicalmente… Una mañana, con las primeras trenzas del sol entre encinares, robledales y tejados de la aldea de nuestro pueblo; alimentados los gallos y gallinas, que dejaban las manos de nuestro Claudio llenas de heridas y de callos; amaneció un cesto delante de la puerta de nuestros protagonistas: tapado por un paño se escondía una nota que daba lugar, tras una extensa y enmarañada grafía, a un bebé. Imagínate la sorpresa en los ojos de Irene, cuando al abrir la puerta, alertada por el ruido de los vecinos que habían acudido a la llamada de lo inusual encontró a un bebé de ojos amplios debajo de su puerta. Un grito nació de sus labios cuando reconoció en la emborronada letra la caligrafía de una hija que tuvo antes de casarse con Claudio, Laura; su pequeña Laura, ayayyaya; de cuya existencia nadie conocía ni su marido, Claudio. Nuestra Irene procedía de otro pueblo, más grande, llamado Alcahuete. Una muchacha joven, atractiva y un poco alocada por aquel entonces se había enamorado locamente del médico del pueblo, Camilo; desoyendo a padres y familiares se había escapado con él y de cuya relación había quedado un bebé y una joven sola, ya que Camilo había acabado volviendo al pueblo. Irene, con las orejas gachas, acabó volviendo a casa de los padres quienes aceptaron la vuelta de una hija deshonrada con un bebé precioso a cambio de que ellos se hicieran cargo del bebé y de que ella se marchara del pueblo. No aceptaban, ayayay, vivir con la deshonra de su hija.
No pienses que nuestra Irene, por el hecho de aceptar esta condición, fuera una mujer insensible… La joven alocada e impetuosa Irene pensó que lo mejor para su hija recién nacida era dejarla en casa de sus padres; ellos podrían darle un hogar y una alimentación adecuada. Este dolor la acompañaría siempre; esta culpa aumentada a la de no volver a ver a su hija la había atormentado durante tantos y tantos años; porque aunque en el pueblo al que acudió encontró la felicidad con aquel muchacho desgarbado y alto que, aunque algo tímido, mostraba el alma siempre en cada uno de sus gestos, la ausencia de su hija fue un latido hondo y doloroso que siempre la acompañaría.
Fue este latido el que anegó sus ojos de lágrimas cuando sus ojos leyeron la nota que su hija Laura había escrito apresuradamente. Mi latido, ya te he dicho muchas veces como la vida tiene cierto sentido del humor y a su puerta, 30 años después, un bebé moreno muy parecido al bebé que ella tuvo volvía a su vida; su hija al igual que le ocurriera a ella, no se había hecho cargo de la situación… Por otro lado, la posibilidad de que ella, ya anciana, tuviera que educar y criar al retoño de su hija Laura.
Pero tu Irene va a necesitar aún un abrazo muuuuuuuchoooo más fuerte. Llega Claudio con las compras de la mano, la boina calada y los ojos, algo velados, tensos ante tanta muchedumbre en la puerta de su casa. Puedes imaginarte su primera reacción: de auténtico pánico al pensar que le hubiera pasado algo a Irene. La verdad es que no descubrió a Irene hasta que llegó a la puerta. ¿Puedes imaginar su sorpresa al ver en las manos descarnadas de su esposa el bebé que ésta mantenía a duras penas?
Por la noche una vez que Pedro Crespo, el sacerdote, intentara ponerse en contacto con la hija de Irene sin éxito, los padres de Irene hacía tiempo habían muerto, Irene contó a Claudio toda la historia de su vida mientras los gemidos y ayes del bebé ululaban en la otra habitación. Claudio se levantó sin decir nada; besó a Irene en la frente como siempre solía hacer y acudió a la niña para darle de comer con el mismo cariño que con el que había alimentado (entiende bien esta afirmación) a su perro galgo toda la vida.
Al día siguiente continuaron los trámites de búsqueda de la madre del bebé sin éxito... Claudio, como todas las mañanas, salió a dar de comer a las gallinas a hacer la compra... y a traer algo de ropa, pañales y leche para la niña. Tus ojos se hubieran iluminado al ver cómo sus manos vestían con torpeza al bebé provocando mayores ayes y gemidos en el bebé. La verdad es que, pasados los días, sin saber nada de la madre Irene seguía sin ser capaz de hacerse cargo de la niña. La culpa la carcomía igual que la artritis había descarnado sus manos y sus dedos. Su miedo cesaba cuando Claudio aparecía por la puerta y silencioso cambiaba a la niña, la vestía con el nuevo pijama y le daba pacientemente de comer. Tú también te hubieras sonreído por la estampa; pero, ayyaayayya, nuestra Irene era incapaz. El miedo que tantos años la había carcomido, su hija, le impedía enfrentarse a aquel bebé que ahora se convertía en el recordatorio de su inmadurez y episodio juvenil. La verdad es que la niña iluminaba su sonrisa y sus ojos cuando aparecía la figura de Claudio por la puerta. Es curioso como un bebé es capaz de percibir el cariño, el amor de un adulto y la verdad es que sus manitas comenzaron a jugar carcajada sonriente por los ojos y mejillas de Claudio. Es curioso como sus primeros gorjeos pronunciaron algo como Crodio; es curioso como sus oídos, al igual que los de su abuela, aprendieron a percibir inmediatamente la presencia de Claudio.
La verdad es que las medidas para buscar a la madre del bebé continuaron sin éxito, pero éste no fue el hecho que más sonó en el pueblo; no, señor, y aquí debes abrazar muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu fuertemente a Irene porque te va a necesitar mucho… Aquella mañana a la hora de comer, Irene y la niña impacientes esperando los pasos de Claudio antes de abrir la puerta se encontraron con otra sorpresa. A la puerta sonaba el grito lastimero del galgo que siempre acompañaba a Claudio. Irene pensó que se había entretenido echando la partida con Ramón, el vecino; pero pronto se presentó la policía para decirle que a Claudio le había dado un ataque al corazón y la verdad es que ni todo el cariño del pueblo la iba a preparar para lo que le vendría después.
El grito mudo en el corazón y en los labios de Irene; las manillas de su nieta acudieron a su cuello; su rostro se había quedado pálido y uno de los médicos que había atendido a Claudio le estaba tomando el pulso. Sus manos se negaban a ser alcanzadas por nadie que no fuera Claudio; cuando unas palabras la alcanzaron como un rayo: está muerto, señora, su marido está muerto. Sus labios temblaron sin atreverse a pronunciar palabra. El médico entonces sin atreverse a decir más intentó consolarla sin éxito; sus palabras eran caminos sin salida por lo que decidió darle una tarjeta por si necesitaba ayuda. Irene asentía sin saber lo que lo estaba haciendo.
Irene se subió a aquella uvi móvil con el cuerpo sin vida de Claudio. La verdad es que la vida no entiende de caminos cortos si no de oportunidades para volver a probarnos; para crecer tengamos los años que tengamos y así suponemos tuvo que pensarlo la vida con nuestra pobre Irene porque nada más dejarla con su nieta la dejaba sin el soporte que le había sido apoyo y alma, latido y sostén durante muuuuuuuuuuuuchoooooooo tiempo
Así los días pasaron para Irene como latidos dolorosos donde entre sombras apenas entreveía los detalles; algunas escenas por supuesto quedaron grabadas en su mente como la imagen de un Claudio sin vida en el tanatorio; como la ausencia dolorosa de Claudio en todas y cada una de las actividades; como la ausencia del beso latido que Claudio le daba; como la ausencia de las manos de Claudio cambiando el pañal… Sólo los sollozos implacables de la niña venían a sacarla de su ensimismamiento pero no quería no quería mirarla; no soportaba escuchar sus gemidos e insistía una y otra vez Pedro Crespo, el cura, para que se la llevaran; que ella era una anciana que no podía ocuparse de nadie. Sólo era una mujer anciana que había perdido las ganas, la ilusión…
El latido de Claudio era sólo un rescoldo que aún le dolía más y más pero la vida también sabe de oportunidades y también sabe de lo importante que somos las personas para avanzar… Y así tuvo que pensarlo la vida con Irene, porque una mañana sonó el timbre de su puerta y acudió sin ver apenas que la figura que estaba en la puerta era la misma persona que la había atendido cuando el fallecimiento de Claudio. Su voz la saludó sin apenas rozarla asintiendo y haciéndose paso para dejarle pasar a su casa. Ya en el interior, mientras Irene le preparaba un café y asentía inconscientemente a cada una de las palabras del médico éste le preguntó por la niña. Irene le respondió que estaban buscando una pareja para su adopción; que ella no podía hacerse cargo de nadie. Él guardó silencio y se acercó al carrito de la niña para tomarla en brazos; algo en el alma de Irene de repente tuvo que encenderse; no, no era la calidez y el alma de Claudio que tanto habían acompañado su vida ni los primeros días de la vida de la niña; no, esas manos claro que le sonaban; esas manos; esa forma de canturrear; ese deje agudo y principalmente esos ojos amplios hicieron que sus manos acentuaran su torpeza habitual de forma que tirara el café cuando se lo acercaba a la mesa. Un pequeño susurro escapó de sus labios… Fernando, el médico, preocupado volvió la cara y asombrado al oír su nombre la cogió por los hombros para comprobar si estaba bien. Irene no dejaba de decir una y otra vez: Fernando, Fernando, Fernando….
Era una cantinela aguda que no cesaba y el médico le dijo que sí; que él se llamaba Fernando; que ella lo habría leído en la tarjeta que le dejó. Ella seguía repitiendo como un hondo latido esas palabras y entonces una luz de comprensión se encendió en sus ojos. Cuando fue consciente de que estaba ante el hijo del médico, Camilo: más alto, más rubio, más... no pudo seguir porque cayó desmayada. Pasaron los días y Fernando se acercaba día sí y día también a su casa. Su estancia cada día se prolongaba más y más. Al principio fue la necesidad de atender a Irene pero la urgencia de atender a la niña hizo que sus visitas se prolongaran aún más.
Una pequeña vida, Laura, así se llamaba la niña, ya lo hemos dicho, puede ser el engarce que une dos vidas. Había pasado una semana desde la muerte de Claudio. Sólo la ayuda de unas vecinas y del sacerdote había permitido que la niña saliera adelante. A partir de la llegada del médico su atención solícita a la niña cuyas manos encendían sonrisas en los hoyuelos de la niña; sus labios haciendo pedorretas en el pecho y rostro de la niña… Algo conmovió; latió dulce, cálido, en el alma de Irene quien comenzó a recuperarse; cuyos ojos y cuyas manos fueron como las ventanas cuando se abren de par en par para que entre el aire. Comenzó a volver a levantarse temprano; comenzó a volver a limpiar la casa; comenzó a volver a vestir sus ropas con las que salía con Claudio y lo más importante la presencia de Fernando… fue la cura que quitó la venda que la impedía afrontarse a su nieta. Al llegar el médico ella ya había cambiado a la niña; ella ya había calentado el biberón y la había dado de beber. Como madre reconocerías a una madre que a pesar de los años vuelve para cuidar y amar a su hija. En este caso Irene abrazaba, besaba y encendía en su nieta por fin el amor, la ternura, la atención que no había podido dar a su hija Laura…
El médico una mañana le preguntó por su hija Laura. Irene había estado dando de comer a su nieta; el latido que había comenzado con la aceptación de su nieta hizo que se sincerara con Fernando y comenzó a contarle una historia que llevaba quemándola durante ya muchooooooooos años. Le habló de una joven alocada; le habló de una familia de las de antes que le hizo abandonar a su hija; le habló de cómo arregló su vida en un nuevo pueblo y de cómo al cabo del tiempo la vida le había devuelto la jugada trayéndole a su nieta…
Es cierto, corazón, que no le habló del padre del médico porque no era necesario y porque ella sabía que la vida le había devuelto con el hijo del médico la alegría de volver a vivir y de volver a afrontar a su nieta y lloró lloró porque aceptó con toda el alma a aquella niña y lloró lloró porque fue consciente de que su hija Laura la había necesitado; que la falta de madre le había hecho repetir sus errores y lloró, asimismo, porque por primera vez era capaz de verse a sí misma aceptando su vida la capacidad de ser madre que una vez hace muchos años le dio la vida y porque por primera vez era capaz de ver a su nieta no con los ojos del miedo si no con los ojos de la hija que no estaba; con los ojos del médico que no había sido capaz de quererla; con los ojos, manos, latidos, sonrisa que el hijo del médico, Fernando, la habían renovado; con los ojos de su marido, Claudio, que era capaz de ver y de sentir en las manecillas, la sonrisa, el llanto de aquella niña, claro que sabía el nombre, no podía tener otro que Claudia…

De Pruden Tercero Nieto, junio de 2014

Comentarios

  1. Una bella historia del principio al final
    La emoción de saber que muchas veces
    El final a una triste y desgarradora vida
    Trae consuelo al alma de quien la sufre
    Y a la de quien en estos momentos la lee. Realmente me ha llegado muy hondo, gracias amigo, por dejarnos saber que a veces la vida es menos injusta. Un abrazo a los dos.

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