Enseñanza de mamá golondrina a su hija a volar

            Érase una golondrina que no sabía volar. Su madre se desvivía, día sí y día también, por enseñarle a volar. Desde su nacimiento, como hacían todas las mamás golondrinas, le había buscado el alimento diario y en las abundantes noches de frío le había dado calor con su cuerpo. Gracias a todo esto se había convertido en toda una golondrina. Su madre, cuando los rayos de sol asomaban tímidamente por entre las altas ramas de nogal donde vivían, le enseñaba cómo debía desplegar las alas, cómo debía aprovechar el viento para no cansarse tanto y cómo la cola se empleaba para girarse a izquierda y derecha. Pero cuando nuestra golondrina debía realizar el salto para echar a volar se quedaba siempre agarrotada y con el cuerpo tembloroso.
            Pero una madre no se rinde nunca y la mamá golondrina, lejos de rendirse, volvía una y otra vez, a repetir las instrucciones pacientemente. Aquella mañana, las dos en la misma rama, mamá golondrina se dirigió seriamente a su hija y le dijo que ella era una golondrina, que era una golondrina igual que su madre, su abuela y su tatarabuela y que a todas el padre de las golondrinas le había otorgado unas alas, plumas y cola que les permitieran volar y disfrutar del aire y del cielo; le dijo seriamente que si hubiera querido que anduviera por el suelo le había dado patas y que si hubiera querido que nadara le hubiera dado aletas;  le dijo y, esto finalmente consiguió hacer reaccionar a nuestra golondrina, que el día de mañana ella sería también una mamá golondrina y que debería transmitir  amor, seguridad y confianza a su hija golondrina. Ante los ojos aún temerosos la madre la acurrucó con su pico y le dijo: sé que lo harás.
            Os podéis imaginar el final nuestra golondrina se lanzó al aire con cierto miedo, pero conforme planeaba en el cielo juntándose a otras golondrinas su madre se mostraba orgullosa y veía en su hija el reflejo de la madre que el día de mañana enseñaría a su hija.

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