La canción de las estrellas (quinta parte)


       7.-  Relato de las princesas prisioneras

       Hace mucho, muchísimo tiempo –continúa el relato la elfa Talita-, más del que se encierra en el corazón de las montañas y en el seno de los más profundos valles, la reina Selene, desposada con el libidinoso Helios, le había pedido que le trajera a las princesas más hermosas del vasto universo. Así lo hizo su obediente y también orgulloso marido, consiguiendo reunir a princesas de todas las partes del universo que, según sus lugares de procedencia, formarían después, las constelaciones que conocemos con el nombre de Libra, Escorpio, Acuario, Piscis... Mas lo que ambos esposos no pudieron evitar es que las prisioneras fueran marchitándose. A ello contribuía poderosamente saberse las futuras víctimas que la reina cada plenilunio reclamaba. No era de extrañar que más de una cayera en los galanteos del infiel marido, sin intuir que tras las promesas de libertad y de amor sólo se hallaba la mera satisfacción sexual. ¿Cómo podría explicarte, Lezríada, que tras estas promesas se hallaba la malhadada Selene quien conseguía calmar la lujuria de su marido? ¿Cómo podría transmitirte el dolor de cada princesa cuando se quedaban embarazadas? ¿Cómo podría abrir tus oídos al grito que nacía en sus almas al ser desposeídas del hijo  antes de ser sacrificadas por la reina Selene?
       Entre los elfos corren varias tradiciones. Los elfos de la tierra gris afirman que las princesas elfas son la reencarnación del espíritu de una estrella fugaz que desaparece en el mar del cielo de la noche; sin embargo, los elfos que viven junto al río Elfitrón piensan que el mismo río recoge los cuerpos de las princesas que, antes de entregarse a Helios o ser sacrificadas a Selene, prefieren suicidarse. No otra cosa piensan que sean las estrellas fugaces y cuya personalidad, antes de morir, el río Elfitrón se encarga de imprimir en cada elfo cuando nace.
       Los manantiales, auras y animales murmuraban junto a la ladera del río con voz más tenue, cuando Talita volvió a dirigirse a un joven que cada vez la contemplaba con mayor respeto y admiración. El sol los había sorprendido a ambos y, de forma especial, a nuestro Lezraien. -¿Qué miras, muchacho?, ¿no recuerdas que tu principal misión es rescatar a tu amada?, ¿no sospechas aún qué quiere la reina Selene de la princesa Adraiel?
         Critón -ante el gesto contrariado del joven su tono suavizó- famoso por su hermosura y trato con nigromantes, rendía frecuentes sacrificios animales y humanos a Selene. Ésta, como pago a su devoción y fidelidad, le prometió la princesa más hermosa del reino: Adraiel. A cambio de ello, Critón debía ofrecerle en sacrificio el fruto del hechizo de Selene: un hijo. No me preguntes cómo ha sido posible. Ni el cierzo, el viento más frío del norte, ha sido capaz de decirnos en qué consistió el hechizo.
       Mas, pequeña, permite que detenga aquí el relato, porque es hora de ir a la cama. Mañana seguiremos dejándonos llevar por el canto de las estrellas. ¿Quién sabe si volveremos al relato de la Peregrina y Lezraien? Quizá volvamos a la isla de Critón donde se prepara la boda entre Adraiel y Critón. O puede que encontremos al rey Mithrain iniciar la búsqueda.



       8.- El rey Mithrain inicia la búsqueda





       Aquella mañana brillaba el cielo de una forma especial. Aún no había salido el sol, pero por todo el reino de Mithradaiel, resonaba el galopar de jinetes y caballos. El rey Mithrain, conforme cantarían durante mucho tiempo después los principales juglares y aedos del reino, montaba de nuevo su cabalgadura al frente de sus bravos caballeros. Unos, mi atenta oyente, cantaban la determinación que volvía a expresar en sus ojos grises el rey; otros no podían sustraerse a la emoción de ver recorrer junto al rey, asomándose tímidamente el sol por su derecha, al ágil y veloz Gwendil, cuyas incursiones en terreno enemigo había quien decía que podían competir con la capacidad de los elfos para volverse invisibles; un poco detrás, pero sin perder una pizca de velocidad, el grandullón Thanaiel, cuyas tremendas risotadas aún son recordadas al norte y sur del territorio mitrhadaelita, quien emergía a lomos de Ragmarok, y  -¡ay de los enemigos que osaran ponerse en frente!-; cómo, a pesar de la aún insuficiente luz, no reconocer al atractivo y artero Galaz cuyos ropajes eran los de un mendigo y quien más y quien menos había visto merodeando por aquí y por allá –había, incluso, testigos que afirmaban haberle visto en dos sitios al mismo tiempo-; no obstante, al que los poemas parecen haber olvidado es a aquel jinete que, unos pasos delante de los caballeros del rey, parecía escrutar todos los senderos y cuyos oídos, si uno se fijaba bien, permanecían atentos a cualquier sonido, pero después volveremos a Zendraiel, nombre de este curioso personaje que el rey aceptó al principio con algo de recelo... Y no faltó, mi querida princesa, algún que otro aedo de corte romántico que llegó a cantar (cosa harto curiosa, porque todos los demás habían descrito en manos del rey el antiguo escudo de armas) cómo un cisne de plumas doradas sobre tres líneas azules había sustituido al anterior símbolo de la casa de los Mitrhadaiel, la mitra.


       No obstante, pequeña, y a pesar de que uno ha podido acceder a algunos de aquellos poemas, su carácter oral ha impedido que, en su mayoría, lleguen enteros a nosotros sino en fragmentos. -¡Mmm...!- Cómo me gustaría si tuviéramos tiempo leerte unas líneas donde el aedo, entre jardines y arroyos claros, evocaba al describir el escudo del rey a la que una vez fue su mujer, Magdaiel, cuya belleza y dulzura era recordada a partes iguales por todo el reino. Y de forma especial y, aunque lo creas indigno de una reina, era añorada por la gente más humilde. El nombre de Magdaiel, aún mucho tiempo después de su muerte cuando el rey hizo público un manifiesto donde se prohibía nombrar a la reina, en grupo o en privado, se convirtió en un leve susurro que secretamente compartían los más humildes y que inmediatamente acallaban cuando algún soldado de la corte o noble pasaba a su lado.

       Te sorprendería saber, pequeña, cuánta calidez y emoción había en ese susurro. Tanto hombres como mujeres no podían olvidar las ocasiones en que la reina, desoyendo los constantes consejos del serio y firme rey sobre no mantener contacto con la gente humilde, descendiera más de una vez a ellos: bien para proporcionarles alimentos que, a hurtadillas, sisaba de la cocina real; bien para, con su enorme sentido práctico y juicioso, intervenir en cualquier problema; o, simplemente -¿por qué no?- para compartir sus alegrías, esperanzas y temores.

       No queda constancia escrita de ello, pequeña, pero podría asegurarte que aún resuena dulcemente entre el pueblo de Mitrhadaiel la voz del aedo que evocaba la hermosura de la tristemente fallecida reina en el cisne sobre el agua. ¿Tendré que recordarte que el cisne, antes de iniciar el que será su último vuelo, entona una hermosa canción? No sería de extrañar, pues, que más de alguno viera en el escudo del rey el símbolo, cuando el destino del reino era tan precario, de la comunión, por fin, entre los deseos del rey y los anhelos, antes expresados sólo en voz baja, del pueblo cuya alianza se establecía sobre el fecundo y sonoro río.

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