La canción de las estrellas (segunda parte)

         2.- La princesa Adraiel se pierde.

         La princesa Adraiel aún no había escogido marido, aunque no era éste el hecho que más preocupaba en el reino de Mithradaiel. El rey no dejaba de pasear en el amplio y vacío dormitorio desde la muerte de su esposa. Últimamente no salía sino para dar órdenes a sus más leales caballeros y prometer una alta recompensa a quien encontrara a la princesa. Durante los últimos meses nadie había oído hablar de la hermosa Adraiel. Algunos insinuaban que se había escapado con cierto príncipe griego de bucles morenos; otros maldecían al príncipe galés que con sus amanerados modales la habría encaprichado; y la mayoría la pensaba oculta por el orgulloso rey, recordando lo que había hecho en el pasado al añorado Lezraien.
         Lo que ni el propio rey ni los sacerdotes encargados de leer las conchas sagradas podían sospechar era que la princesa se encontraba hechizada por las malas artes del príncipe Critón en la isla Cracoa. El séptimo día del séptimo mes, tres meses después de su desaparición, la lluvia caía torrencialmente sobre la isla oscura, mientras hechiceras y vestales cantaban y danzaban sobre el cuerpo de la parturienta Adraiel. Los gritos de la princesa resonaron en toda la isla. El rey Mithrain no pudo evitar, en todo ese día, sentirse especialmente preocupado y atormentado. Cuando la lluvia calmó, las vestales elevaron el hijo de la princesa, ofreciéndolo simbólicamente a la luna y después entregándoselo a Critón.     

        3.- La adolescente Adraiel hace un descubrimiento.


       Pero olvidemos por ahora tal nombre, cuya sola mención causa el estremecimiento de las estrellas. Seguramente, pequeña, te preguntarás qué famoso caballero fue el elegido para encontrar a la princesa. Y lo cierto es que el rey mandó a los más bravos –Thanaiel, el buen Gwendil y el astuto Galaz entre otros-, pero, transcurrido mucho tiempo, todos volvían cansados y con las manos vacías.
       ¡Mmm...! ¿No te he hablado antes del añorado Lezraien?
       Tendríamos que remontarnos unos cuantos años para descubrir el rostro del joven que, ojos castaños, perseguía a una adolescente Adraiel entre la arena, los altos peñascos y...
        -¿Qué haces aquí, Lez?-
    La pequeña Adraiel había estado observando desde hacía días a un muchacho escondido tras un alto risco que apenas lograba ocultar su flequillo y ojos castaños. Los primeros días se comportó como si no lo hubiera visto y se había entretenido coqueta con la arena, para luego, segura de que él la seguía observando, sumergirse en el agua con una voluptuosidad que habría de perseguirla siempre. Aquel día también lo distinguió allí y sus ojos llamearon fugazmente. Se echó al agua y comenzó a nadar, pero esta vez se alejó lo suficiente para no distinguir sus cabellos albinos y brazos, de modo que Lezraien, preocupado, bajó corriendo, casi tropezando a la orilla. Unas inquietas lágrimas –apenas sabía nadar- surcaron la cara del adolescente, cuando unas manos le asieron por la cintura. -¿Qué haces aquí, Lez?-
         -Estaba paseando por la playa. ¿Acaso no puedo?
     La sorpresa del muchacho al verse descubierto y oír su nombre de labios de la adolescente de ojos oscuros le pusieron a la defensiva.
         -Claro que sí, Lez.-
          Había comenzado a correr.
          -¡Sígueme!- exclamó la princiesa.
      Ya tienes, potrillo inquieto, como querías a tu pequeño héroe corriendo desconcertado tras la adolescente Adraiel. -¿Recuerdas lo hermosa que llegaría a ser de mayor?- El muchacho no podía evitar sentirse atraído por la belleza marina, estrellas fugaces, de sus ojos negros. Ojos que siempre habrían de provocar una sonrisa en sus labios y que, ni en el laberinto, olvidaría. Veo que comienzas a aplaudir entusiasmada por la aparición de tu deseado príncipe, pero, desgraciadamente, la familia de los Lezríades nunca se llevó demasiado bien con la familia real, por lo que cuando el rey se enteró por uno de sus mayordomos, Golkein, que una reciente y cálida amistad unía a los dos adolescentes...
        -¿En qué vuelta se encuentra el cielo de los pájaros, Lez?
        El muchacho daba una, dos, tres, cuatro vueltas; se paraba, cerraba los ojos y sonreía a la princesa.
         -¿Dónde has oído que los pájaros tengan cielo, tonta?
          -Lez, no has dado las vueltas suficientes.
       Ignorando el pequeño insulto y sin darle tiempo a reaccionar, le daba más y más vueltas. Al fin, mareado, se detenía y susurraba:
          -Acércate. En tus ojos.-
        Tan oscuros eran los ojos de Adraiel que siempre le parecería ver en ellos una bandada de pájaros que emigraban directamente a sus ojos.
          -¿En qué vuelta se encuentra el cielo de los sueños?-
         Era Lez quien preguntaba, mientras Adraiel daba una, dos, tres vueltas; se detenía y sacudía bruscamente a nuestro Lezraien.
         -¿Qué sabes tú del cielo de los sueños, Lez? ¿Qué sabes tú?
        Sí, pequeña. Aquí los había sorprendido el “fiel” Golkein. Los sueños, recuerdos y poemas de la princesa, urdidos durante los años siguientes, todavía se encuentran en una baldosa próxima a uno de los atlantes que aguantaban el lecho de la princesa. Todos los que, tiempo después, tuvieron ocasión de leerlos, tal vez podrían darnos las causas de las palabras tan duras que dirigió Adraiel a Lez. El rey Mithrain desterraría al adolescente lejos, muy lejos. Entre las palabras emborronadas por las lágrimas de la princesa, hay quien dice que se podía leer el nombre de Efraín, el laberinto de los elfos.
           Pero las estrellas, pequeña, no nos cuentan historias como las entendemos hoy, con un principio y un final. Así un día escuchas la historia de Adraiel adolescente y, tiempo después, puede que otra estrella te cante la historia de los desposorios de Lezraien y Adraiel. Yo he tenido que escuchar durante mucho, muucho tiempo para poder reunir unos pocos versos de la gran melodía que constituye esta canción, la canción de las estrellas.

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