La canción de las estrellas (sexta parte)

       9.- Golkein es descubierto por el rey



       Pero, nosotros, pequeña, no somos juglares ni las estrellas saben de versos o estrofas con acompañamiento de la lira. Su canción posee el tono del susurro y la magia de lo inscrito aquí (apoyo el dedo índice en tu corazón). ¿Cómo podría describírtelo? Al igual que una playa solitaria, si sabes observar, te habla del bullicio de los grandes y de los más pequeños; así como el árbol, gracias al viento a través de sus hojas, te cuenta de todos los seres que han vivido en él o cerca de él con una mezcla de sabiduría y escepticismo bonachón que te sorprendería; así la noticia de que Golkein había desaparecido convertido en humo al llegar a las altas Quebradas despertó en el rey Mithrain muchos recuerdos dormidos.
       Sí, pequeña, el mismo que descubrió a los dos enamorados y que tan “oportuna y servicialmente” informó al buen rey quien ahora, a través del relato de Gwendil, conjuraba por fin las malas artes que había vertido en sus oídos el que ahora sabía enviado de Critón, el lenguaraz Golkein. Sí. Ya sé que te preguntarás cómo pudo el rey tomarlo a su servicio y podría responderte que el hombre que llegó a la corte una mañana estival cayó bien a todo el mundo. En él se unían la capacidad de leer el futuro y tener la respuesta precisa a cualquier pregunta fuera ésta relativa a cuestiones palaciegas o amorosas. Quizás a ti también te hubiera caído bien e, incluso, a caballeros como Galaz, si no hubieran intuido algo perverso en él u observado demasiada zalamería en su actitud y respuestas a todo el mundo. Solícito con todos y, de forma especial, con el rey, su presencia se hizo asidua en toda reunión palaciega. Incluso los nobles llegaron a ver con buenos ojos cuando el rey le pedía opinión sobre algún asunto relativo al reino.
        Todo cambió, cariño, con la llegada de un religioso a palacio con las primeras luces del día y que resultó ser un elfo de ojos rasgados y de estatura elevada que dijo llamarse Zendraiel. Te hubiera sorprendido su parecido con la elfa Talita. Las primeras palabras élficas de Zendraiel limpiaron el velo de ceguera que había estado oscureciendo y minando la voluntad del rey y pusieron a la defensiva al lenguaraz Golkein quien estuvo previniendo al rey contra dicho religioso. Zendraiel, que como ya habrás sospechado era un mago, desnudó su cabeza y pronunció un salmo élfico que hizo huir, temblando y sin poder, al ser medio hombre, medio víbora que en realidad era el ser conocido como Golkein. Así, el rey, algo atónito y restableciéndose del hechizo, escuchó atentamente al elfo encajando todas las piezas que la presencia del artero Golkein había impedido: la denuncia al rey de los enamorados, la insistencia en averiguar el lugar al que había exiliado a Lezraien, la premura al rey para que la princesa encontrara marido para así, en opinión de Golkein, devolver la vida al oxidado reino de Mithradaiel... Todo, ahora se daba cuenta, había sido -¿quién sabe si la muerte de su amada Magdaiel?- un buen urdido plan por el  príncipe Critón para casarse con Adraiel.
       Sí, pequeña, lo que no sabes es que gracias a los Lezríades el rey supo que durante todos los años que permaneció en el reino de Mitrhadaiel, Golkein mantuvo a Critón informado de sus progresos con el rey por medio de un halcón negro quien, atado a su cuello, llevaba la información hacia la maldita isla de Cracoa. Lo que ni Golkein, ni Critón pudieron evitar fue que, debido a una fuerte tormenta, el halcón tuvo que cambiar de rumbo sin sospechar que se adentraba en el bosque de Golezdraiel donde pronto fue atraído por el hechizo canoro de los Ananadraiel que lo llevaron al pequeño de los Lezríades, Nervaiyín. Los que tiempo después tuvieron ocasión de ver al halcón, cuentan que no era el mismo: el temeroso animal que entró en el bosque había cambiado el pelaje negro marchito por un negro brillante y su voz se había hecho más tersa y firme.
        Una vez que el poder de Golkein había perdido su fuerza, el rey comenzó a recordar. Agazapado hasta entonces el enviado de Critón, comenzó a urdir su telaraña de intrigas y, nombrado consejero del rey, alejó a la mayoría de los caballeros leales al rey –si bien hay quien cuenta que, algunas noches, se veía a un mendigo cuya montura y forma de blandir la espada recordaban al astuto Galaz merodeando por el castillo- y reafirmó al rey en su juramento de no volver a tomar las armas, con lo que se aseguraba así la pasividad y cada vez mayor falta de interés de Mithrain en la muerte de su mujer y, como ocurriera tiempo después, en la desaparición de su hija.


       La ira recorrió el cuerpo del soberano, tensando todos y cada uno de sus músculos. Algo más atrás, aún con su atuendo de mendigo, el elfo que había llegado hacía unos días al castillo con la intención de desenmascarar al Golkein, callaba y observaba pacientemente, hasta que el rey rompió su silencio:
       -Mi buen Gwendil, conozco que Galaz ha estado recorriendo los territorios de este reino... Encuéntralo –dijo sin el menor atisbo de sonrisa en sus ojos, sino de decidida y reconcentrada voluntad- y pregúntale si aún confía en las barbas de este anciano.
       -Señor, por supuesto que sí –reprimiendo a duras penas la alegría de volver a oír ese nombre en labios de su rey.
       -Hace mucho –se dirigió el rey Mithrain a Zendraiel, descorriendo las cortinas que ocultaban la armadura y el escudo que juró  no volver a lucir- que no tengo relación con vuestra comunidad, por lo que tendrás que disculpar mi falta de tacto y diplomacia élfica. Aún no sé cómo mostraros gratitud a ti y a toda la casa de los Lezríades -con quien mi deuda es más alta todavía por haberles infringido tanto dolor en el pasado-, pero prometo que como rey restituiré en la figura de su primogénito, Lezraien, todo el daño que he cometido contra él y su familia.           
       Las piezas de la armadura del rey, recién bruñidas, habían ido encajando, pequeña, de igual modo que sus doloridos recuerdos. Cuando vistió su armadura, reunidos todos los caballeros –Thanaiel, Galaz, Gwendil entre otros y el elfo Zendraiel quien algo tuvo que ver –te lo aseguro- en la afortunada reunión-, el rey Mithrain –túnica azul- les sorprendió con su nuevo escudo cuyo cisne sobre un río plateado les devolvía a todos, alejando las sombras sembradas por el falaz Golkein, la sonrisa de la bella reina Magdaiel.
       -¡Vamos a por la princesa! –fue el grito de guerra.

              10.- Las lágrimas de la princesa Seledriel


             Ummmm... Pequeña, quizás haya llegado el momento de hablarte de la historia de dos hermanas, Seledriel y Golezdraiel... Sí, sí, ya sé que te he hablado del bosque de los Golezdraiel, pero ten paciencia, princesa guerrera. Su madre, la reina Gea (tú puedes llamarla madre naturaleza) se hallaba satisfecha y llena de orgullo por ambas. Seledriel, más hermosa, era capaz de comover el alma de todos con sus dotes musicales. Golezdraiel era menos hermosa y sin los dones de su hermana, pero siempre encontraba la palabra y la caricia exacta que necesitaba cada ser vivo, ya fuera una persona, ya un ruiseñor, ya una planta o arbusto. Lo que más llamaba la atención a extraños era la compenetración entre las dos hermanas, éstas eran capaces de recrear puestas de sol y la vida en un arroyo dando imagen y sonido a cada uno de los animales que lo poblaban... o bien la noche nocturna sobre el mar, dando su voz a cada una de las estrellas que componían el cielo.
         La adolescencia y la juventud fue llenando de belleza y vitalidad a ambas hermanas de forma que jóvenes de todas las zonas quedaban prendados de ellas al instante sin saber si decidirse por la inteligente y bellísima Seledriel o por la hermosura interior y lleno corazón de Galazdriel... Ellas, ajenas a tanta adulación y siempre risueñas, se dejaban seducir para luego escaparse a sus juegos. Lo que nadie sabía, shhhhhhhhhh, mi pequeña risueña, y es conveniente que nosotros, a su vez, guardemos en secreto, era que una vez que Galazdriel se cayó de un caballo lastimándose seriamente la pierna, Seledriel no pudo evitar acudir en su ayuda derramando lágrimas que inmediatamente sanaron la rodilla herida...


              Ya comienzas, potrillo inquieto, a impacientarte, diciendo que estamos perdiendo el tiempo, que lo que tú quieres es que continúe con la búsqueda de la princesa por parte del rey y sus formidables hombres y por parte de nuestro querido Lezraien... Y yo te digo, pequeña, que paciencia, como sabes las estrellas no se ajustan a nuestros rígidos órdenes cronológicos, para ellas todo observa una armonía propia, que si guardas la calma podrás observar tú también. Sí, cariño, te estaba hablando de cómo las lágrimas de Seledriel consiguieron curar la rodilla herida de su hermana. No obstante, mi atenta oyente, la vida se caracteriza por probar a las personas y así pareció demostrarlo la llegada a Gea, la tierra, del adolescente Helios y su madre, la reina Perséfone. Las dos hermanas se sintieron atraídas por supuesto por la belleza deslumbrante del príncipe Helios quien las abrumaba con sus historias de marineros que, arriba en el cielo, cruzaban del oriente al poniente en busca de pesca celestial. La reina Perséfone comenzó a invitarlas a su casa donde si bien al principio halagaba la hermosura y los dones de ambas, pronto su atención se desvió a la belleza e inteligencia de Seledriel... Galazdriel, entre lágrimas, comenzaba a asistir preocupada cómo la apartaba cada vez más de ella... Al anochecer Seledriel llegaba a casa observándose en el espejo y pronunciando conjuros que Galazdriel había visto en la vida... Gea, notando la tristeza de ambas, llamó a las dos hijas pidiéndoles explicaciones. Ante el silencio de Galazdriel, Seledriel explotó diciendo que su hermana le tenía celos por ser más inteligente y hermosa, y que ella no tenía culpa de que Helios se hubiera fijado en ella y que su madre, la reina Perséfone, la estaba preparando para vivir en el cielo con su hijo, que se iría y que no había nadie más que pudiera oponerse a ello...     
           Uyuyuyuy, pequeña, me hubiera gustado hablarte de las lágrimas que derramó la hermosa Galazdriel, me hubiera gustado hablarte de la joven que besaba ojos y frente de la hermana cuando ésta caía rendida... pero Seledriel sólo tenía ojos para el cielo y oídos para las palabras que vertía en ella como cuchara venenosa Perséfone y palabras para los hechizos con que convocaba al viento, al mar y a las tormentas... Perséfone comenzó a enseñar a Seledriel que el alma de los seres vivos era el don más maravilloso que podía apreciarse y que ella sabía cómo la hermosura e inteligencia de Seledriel podía enriquecerse extraordinariamente; que sólo era preciso unas palabras y un conjuro con que el ser vivo inmediatamente pasaba sus poderes, velocidad, trabajo, etc. a quien recitara las palabras... Si bien al principio se opuso, Persérfone fue taxativa en cuanto a que la próxima reina del cielo no debería ser tan escrupulosa... La falta de su hermana Golezdriael y el deseo de alcanzar el cielo pudieron con ella y cuál fue su sorpresa al verse recitando el conjuro ante un cisne... Lo que la princesa Seledriel no supo evitar era que Galazdriel que, en su amor, había acechado todos los movimientos de su hermana, se pusiera en medio con que el hechizo la afectó a ella...
       Me gustaría contarte que Seledriel reaccionó entonces, pequeña, pero la reina Perséfone agarró de las manos a la llorosa joven apartándola de Galazdriel y le dijo que ella era quien debía de elegir, quedarse en Gea llorando a su hermana eternamente o casarse con su hijo y reinar el cielo... El hondo malestar de Seledriel apenas la hicieron contestar dejándose llevar dócilmente por Perséfone...
          Golezdraiel, no obstante, no murió, pequeña princesa, nononoo...Dicen los lugareños de Golezdraien que cada uno de los animales, cada uno de los arbustos y árboles, elaboraron un lecho que abrazaba a la princesa... Dicen, potrillo inquieto, que cada beso de la princesa, cada ternura al dolor de cada ser vivo, cada palabra que acallara el dolor de un potro, de un pajarillo..., cada sonrisa que encendiera el rostro de mamá pájaro al tener enfermo a su hijo, etc., fueron cada una de las plantas, cada uno de los arroyos, cada uno de los senderos montañosos que con el tiempo conformaron la hermosa tierra de los Golezdraiel a donde se dirigían nuestros guerreros con el rey a la cabeza.


Comentarios

  1. Hermoso escrito.

    maravilloso blog.

    espero poder seguir leyendo la maravilla de tus letras.

    besos


    ღ°´¨)
    ¸.•´¸.•ღ°´¨) ¸.•ღ°¨)
    (¸.•´ (¸.•`ღ° ..:¨¨ღ°¨ღ°Nidiaღ°¨ღ°¨ღ°

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  2. Muchas gracias, "Lluvia", muchas gracias por haberte acercado a estas olas y querer participar con tus comentarios en esta cordada de imaginación y sentimientos.

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